¿De dónde viene el nombre “Black Friday”?

“Black Friday” es un nombre extraño para animar a la gente. Quizás por eso no esté teniendo mucho éxito su traducción al español, “el viernes negro”, a pesar de haber sido recomendada por la Fundación del Español Urgente. El negro no es el color con mejores evocaciones en nuestra cultura y no es nada nuevo. Al fin y al cabo, el negro es la ausencia de la luz. Ya nuestros antepasados romanos lo utilizaban para habla de malos pensamientos y presentimientos hasta el punto que terminó por relacionarse con el ámbito de lo luctuoso. La Edad Media lo mantuvo e incluso intensificó. El verbo “denigrar”, por ejemplo, no significaba otra cosa en latín que teñir algo de negro, pero ya tenemos muestras en el s.XV de su uso como deshonra de alguna persona.

¿De dónde viene el nombre "Black Friday"?

No nos sorprende que el origen de “Black Friday” esté relacionado con cuestiones negativas. La primera referencia relativa al viernes posterior al Día de Acción de Gracias, que es lo que hemos celebrado estos días, es de los años 50 en los EEUU. El calificativo de “negro” lo utilizaron los empresarios por el elevado número de bajas que tenían tras la celebración familiar. Era un día que, sin ser oficialmente festivo, mantenía parada la producción de gran parte del país por culpa de la resaca que provocaba la fiesta.

Diez años después se retoma el término y se hace otra vez con valor negativo. Los policías de Filadelfia hablaban del “viernes negro” en los 70 por los increíbles atascos y por lo populosas que estaban las aceras: un día de mucho trabajo para ellos. Este uso fue tan exitoso que llegó incluso a la portada de The New York Times en 1975.

En los años 80 aparece el primer sentido positivo. Me parece interesante que surja precisamente de los comercios. ¿Podría tratarse ya de un primer intento de darle un lavado de cara al término para aprovechar su popularidad? La justificación fue que las ventas de ese viernes hacían que los números rojos de los negocios pasaban al color negro. La difusión de esta explicación fue tal que aún hoy suele citarse como el origen primero del nombre. El “Black Friday” sería, por lo tanto, el día en que los comerciantes se podían olvidar de los números rojos tras la tradicional travesía por el desierto de septiembre, octubre y noviembre.

Este último paso dejó el camino preparado para la acepción actual. Se mantiene el día, el valor positivo y que este último es económico. Lo único que cambia es que el foco ha pasado de estar sobre las cuentas de quienes venden a los ahorros de quienes compran. Seguro que los policías lo siguen sufriendo por las aglomeraciones que se producen y hay lugares en que las empresas lo han dado como festivo oficioso para facilitar que sus empleados puedan aprovecharse de las ofertas. Sin embargo, la cara negativa de ambas circunstancias ha sido borrada del término con el que nos referimos a este peculiar fin de semana. Si hay una regla que se tenga clara en comunicación es que, para vender algo, hay que hacerlo popular y en positivo, aunque lo pintemos de negro.

La palabra “populismo” no significa nada

demagogia / populismo, de J.R. Mora

El diccionario Oxford ha elegido “posverdad” (“post truth”) como palabra del año en inglés. En español el término “populismo” no tiene rival. Ha sido el más utilizado en España en estos extraños meses de campaña electoral interminable. No es un neologismo, pero nunca había gozado de tanto éxito. Ahí radica precisamente el motivo de una predicción que me atrevo a hace a sabiendas de que puede sonar descabellada: la palabra “populismo” está condenada a desaparecer por su fama desmesurada. Los sustantivos en los medios son como las abejas. Pueden rondarnos indefinidamente hasta que se deciden a clavar su aguijón. Cuando lo hacen, es el principio de su fin.

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La poesía no tiene utilidad, pero sí valor

[En cuanto al sentido de la poesía] me gusta la noción aristotélica de la catarsis. Y pienso que lo que el arte puede hacer es afinarte. Piensa en un violín desafinado y cómo lo afinamos para que suene bien. Yo creo que eso es lo que el arte es y lo que el arte hace. El buen arte y los poemas buenos hacen que la gente sea más humana, más inteligente, más sensible y pura emocionalmente de lo que sería sin ellos.

Y una de las cosas maravillosas de la poesía es que no tiene ninguna utilidad. “¿Para qué sirve la poesía”, pregunta la gente a veces en, por ejemplo, la carnicería. Se me acercan y me preguntan: “¿para qué sirve?”. Y la respuesta es que para nada, pero eso no implica que no tenga valor. No tiene utilidad, pero sí valor. De hecho, los poetas, los artistas, los novelistas y los dramaturgos son lo primero que tratan de eliminar siempre los dictadores. Queman sus libros. Les horroriza lo que la poesía es capaz de hacer.

La poesía te anima a pensar por ti mismo y a ignorar a la Iglesia y al Estado, pero eso no es exactamente una utilidad, sino un valor. Mi metáfora favorita para esto se la debo al crítico inglés Cyril Connolly, quien comparaba las artes con una glándula diminuta de nuestro cuerpo, como la glándula pituitaria, que está en la base de la columna. Parece muy pequeña e insignificante, pero si te la quitan, el cuerpo se muere.

En las cenizas del crematorio en Auschwitz encontraron fragmentos de poemas. Esa gente que se dirigía a su muerte se molestó en escribir poemas. Eso lo dice todo. Es una actividad humana normal. Incluso en los momentos más extremos, volvemos a ella. Incluso cuando no escribimos poemas, nos los recitamos a nosotros mismos.

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¿Hay que ser políticamente correcto con las minorías cuando se escribe ficción?

Más les vale tener cuidado a los escritores en el mundo de las políticas identitarias. Si elegimos utilizar a miembros de grupos protegidos, se nos aplicarán reglas especiales. Si un personaje resulta ser negro, tendrá que ser tratado con guantes de seda y sin situarlo nunca en escenas que, sacadas de su contexto, pudieran parecer poco respetuosas. Sin embargo, esa no es forma de escribir. La carga es demasiado pesada y la autocensura paralizadora. El resultado natural de ese tipo de críticas […] es que la próxima vez no usaremos ningún personaje negro salvo que haga o diga algo completamente admirable y maravilloso.

La escritora estadounidense Lionel Shriver ha provocado cierto debate con su charla en el Brisbane Writers Festival del pasado septiembre. Su discurso se centró en el concepto de apropiación cultural, una cuestión compleja y especialmente sugestiva para quienes nos interesamos por la comunicación. El enfoque que propone es muy atractivo: ¿cómo conjugamos la escritura de ficción, donde el/la autor/a siempre asume papeles ajenos, con la postura políticamente correcta de no asumir roles de culturas que no son las propias?

Desgraciadamente estamos ante una oportunidad perdida para una reflexión de calado. Creo que el debate ha surgido a partir de una visión reduccionista del tema que es engañosa e injusta.

Entiendo la argumentación de Shriver y reconozco su habilidad retórica para utilizar la parodia. Ejemplos como el del sombrero mejicano, que llegó a ponerse en la cabeza durante la charla, son muestra de ello. No obstante, considero un atrevimiento que proponga este debate desde su posición. Lionel Shriver es blanca. Es de Carolina del norte. En la imagen de abajo aparece con su marido Jeff y una taza de los Ulster Freedom Fighters, el grupo terrorista protestante de Irlanda del Norte. No sé si escribir “terrorista” y “protestante” le parecería a ella poco políticamente correcto. “Grupo paramilitar” sería posiblemente mejor.

La escritora, el marido y la taza del UFF

Reconozco que la brevísima descripción que acabo de hacer de esta autora es también reduccionista y paródica. La fotografía lo ponía fácil y sirve para explicar por qué me desagrada su discurso. No pongo en duda que pueda tener algo de razón cuando lamenta que algunos seamos a veces más papistas que el Papa denunciando ofensas. No obstante, ella no está entre las personas legitimadas para hacer sonar esa alarma. El excesivo celo con lo políticamente correcto es una cuestión ya recurrente en la literatura actual, con alguna obra recomendable como el clásico contemporáneo La mancha humana (2000) de Philip Roth. Sin embargo, abundan cada vez más defensas de la libertad, creativa en este caso, como la de Shriver, exigidas desde quienes en realidad ya la disfrutan. No puedo evitar ver en este discurso el enésimo alegato por el mantenimiento de los privilegios disfrazada de una defensa de lo común y de la libertad.

Una prueba de ello es que esta escritora no se ha molestado en elegir algunos ejemplos opuestos: apropiaciones culturales en sentido inverso. ¿O solo hay apropiación de los blancos anglosajones y protestantes hacia los demás? Si lo hubiera hecho, el fenómeno cobraría riqueza y de paso habríamos sabido qué opina cuando el camino se recorre en la otra dirección.

El discurso olvida un detalle crucial cuando denuncia la sobreprotección de las minorías: que estas se cuidan porque son discriminadas en nuestras sociedades. No se trata de sombreros exóticos que dan color a sus novelas. Son personas que, por el mero hecho de ser diferentes, quedan reducidas en la mente de algunos a divertidos sombreros de colores.

Si las mujeres escribieran sobre los hombres de la manera que los hombres lo hacen sobre las mujeres

Brett se quitó la camiseta de tirantes por la cabeza y se miró en aquel espejo de cuerpo entero. Se bajó los vaqueros, después los boxers, y se imaginó el momento en que Jennifer le vería desnudo por primera vez. Sus pies eran de un tamaño medio y tenían algo de vello en los dedos que probablemente tendría que eliminar antes de esa noche. A él le gustaban sus piernas lo normal, pero sus muslos eran anchos y vergonzosamente musculados. Lo intentó poniéndose en diagonal, girando su cadera. Mejoraba algo. En esa postura era más fácil verse el trasero y se dio cuenta de que ya no era lo mismo que cuando tenía 22 años. Apretó ambas nalgas esperando que eso estirara su aspecto. Metió barriga e intentó elevar los pectorales, queriéndolos presentar como pastelitos en el escaparate de una pastelería. ¿Le gustaría a ella? ¿Era suficientemente bueno lo que ofrecía? Estiró sus labios y recorrió con las manos sus muslos. Quizás.

La escritora Meg Elison, ganadora del premio Philip K. Dick, ha levantado cierto revuelo con una sencilla entrada en la que ha escrito algunos textos breves que hablan de los hombres de la misma manera que muchos textos suelen hacerlo sobre las mujeres. El efecto es impactante. También lo es la dificultad que he tenido para traducir el párrafo de arriba. ¿Mi mayor problema? El uso de los pronombres. Mi cabeza los resuelve mal. Estamos tan acostumbradas/os a la mirada masculina que cuesta resolver las anáforas. ¿”Sus pies” de quién? He tenido que poner “A él le gustaban sus piernas lo normal” porque sin el “él” no lo veía claro. De hecho, habría puesto “sus propias piernas”, pero temía desvirtuar el texto.

La mirada masculina había quedado ya claramente expuesta por Laura Mulvey con su estudio del cine. Las cámaras “miran” a los personajes de las películas desde una posición masculina y heterosexual. Es lo que ella denomina “the male gaze”.

marilyn monroe y la mirada masculina

Meg Elison ha tenido una brillante idea con estas miniadaptaciones porque la literatura puede ser más sutil que las cámaras, pero un ejercicio como el que ella ha realizado (y el que me ha hecho realizar a mí con su traducción) evidencia hasta qué punto “the male gaze” se nos impone también en la ficción literaria. ¿Se te viene algún ejemplo a la cabeza?

¿Es legítima la protesta de los estudiantes de la UAM contra Felipe González y Juan Luis Cebrián?

la protesta de los estudiantes de la UAM contra Felipe González y Juan Luis Cebrián

El conflicto vivido en la Universidad Autónoma de Madrid el pasado 19 de octubre ha sido interpretado de la manera más simplista por los medios de comunicación más populares y (demostrándolo una vez más) populistas. El suceso tiene matices que son interesantes si queremos sacar algo positivo de todo ello. Apunto aquí un par de ellos por considerarlos importantes. Son en realidad dos apelaciones: una a quienes protestaron y otra a la universidad de la que formo parte.

A los primeros les quiero llamar la atención sobre una contradicción. Los lemas que mostraron y gritaron repudiaban a Felipe González y Juan Luis Cebrián por considerarlos, literalmente, fascistas, por imponer sus intereses a los de la mayoría y por tener las manos manchadas de sangre. No son acusaciones insignificantes, aunque expuestas con brocha gorda, se necesita haber estado ciego y sordo los últimos años para no comprender en qué se fundamentan. Sin embargo, yo les propongo a quienes protestaron un órdago a la grande recomendándoles la (re)lectura de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que es un texto que parece lógico que fuera básico para quien lucha contra “fascistas”. El segundo artículo del documento dice lo siguiente:

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La biblioteca digital universal

Nadie duda de que los científicos deban ser pagados cuando alguien usa o replica sus resultados. Sin embargo, hemos encontrado otras formas de compensarles por su vital trabajo. Les recompensamos según el grado en que su trabajo ha sido citado, compartido, enlazado y conectado en sus publicaciones, de las que ellos no son propietarios. […] En gran medida, los científicos consiguen sobrevivir regalando copias de su propiedad intelectual. ¿Qué nos dice esta tecnología? Que las copias ya no cuentan; las copias de obras sueltas, limitadas dentro de su encuadernación, pronto dejarán de importar mucho. Las copias de sus textos, sin embargo, ganarán en valor según se multipliquen y sean lanzadas al mundo, indexadas y copiadas de nuevo. Lo que cuenta son las maneras en que esas copias comunes de un trabajo creativo puedan ser enlazadas, manipuladas, etiquetadas, subrayadas, traducidas, iluminadas por nuevos medios y cosidas juntas en la biblioteca universal.

La única forma de que los libros mantengan su menguante autoridad en nuestra cultura es que se conecten a esa biblioteca. […] Todos los trabajos nuevos nacerán digitales y fluirán por la biblioteca como si añadiéramos más palabras a una historia antigua. En el choque entre las convenciones del libro y los protocolos de la pantalla, esta última saldrá vencedora. En esta pantalla, ahora ya visible para miles de millones de personas, la tecnología de la búsqueda transformará los libros sueltos en una parte más de la biblioteca universal de todo el conocimiento humano.

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No hay que ver el futuro para saber lo que va a pasar

Ya dijimos No
Pero el Sí está en todo
Lo de adentro y lo de afuera
Lo de lejos y lo de cerca
Lo que todos hemos visto
Y lo que ni siquiera dicen
¡Ya dijimos No!
Y fue ese día
Que yo me vi
A mí mismo
En veinte años
Y nada cambia
No nada cambia
Por estos lados
No hay que ver el futuro
Para saber lo que va a pasar

No es difícil buscarle un contexto a este tema sabiendo que Nicolas Jaar es de origen chileno y que su último disco parece cruzado por la melancolía amarga de otros tiempos. Sin embargo, como lo que vale para un roto vale también para un descosido, parece que nos está haciendo un guiño a los españolitos y a nuestra clase política.

El resto del disco, Sirens, es también genial.

Poesía y tecnología

La tierra y el cielo que la filosofía había despoblado de dioses se cubren paulatinamente con las formidables construcciones de la técnica. Sólo que esas obras no representan nada y, en rigor, nada dicen. Las iglesias románicas, las estupas budistas y las pirámides mesoamericanas se asentaban sobre una idea del tiempo y sus formas eran una representación del mundo: la arquitectura como doble simbólico del cosmos. El palacio barroco fue el monólogo de la línea curva que se rompe y se rehace, el monólogo del placer y de la muerte, de la presencia que es ausencia; el templo hindú fue una vegetación sexual de piedra, la cópula de los elementos, el diálogo entre lingam y yoni.,. ¿Qué dicen nuestros hangares, estaciones de ferrocarril, edificios de oficinas, fábricas y monumentos públicos? No dicen: son funciones, no significaciones. Son centros de energía, monumentos de la voluntad, signos que irradian poder, no sentido. Las obras antiguas eran una representación de la realidad, la real y la imaginaría; las de la técnica son una operación sobre la realidad.
Octavio Paz aportó en su ensayo La nueva analogía: poesía y tecnología reflexiones muy interesantes y poco optimistas sobre el destino de este mundo contemporáneo gobernado por las tecnologías. Habla en él de un presente que parece avalanzarse sobre su trágico destino desde que el Cristianismo borrara la circularidad del tiempo. “El tiempo tiene un fin y ese será imprevisto; vivimos en un mundo inestable: el cambio ya no es sinónimo de progreso sino de repentina extinción”.

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No regales a Facebook tu información de Whatsapp

No compartas tu información de Whatsapp con Facebook

John Naughton ha publicado un artículo en The Guardian explicando de forma clara qué está ocurriendo en ese extraño triángulo que se ha formado entre Facebook, Whatsapp y nuestros datos personales. La historia de Whatsapp nos recuerda a muchas otras, incluso a la del todopoderoso Google. Lo que comparten es un inicio de andadura con el listón ético mucho más elevado que sus rivales así como una bajada del mismo abrupta. Cuando empezó a funcionar el buscador de Google, lo recibimos como a un salvador que nos libraría de los abusos de Microsoft y Yahoo!. Tiene gracia echar la vista atrás ahora que se ha convertido en el Gran Hermano.

Whatsapp ha tenido un recorrido similar. Jan Koum, su fundador, siempre ha realizado declaraciones muy tajantes sobre el respeto a la privacidad y al compromiso a no usar nuestros datos personales con fines publicitarios. Sin embargo, algo comenzó a oler a podrido en Dinamarca cuando la plataforma fue adquirida por Facebook. Anti-publicidad y Facebook es una pareja demasiado extraña. Este agosto hemos descubierto que teníamos motivos para preocuparnos.

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