Petición de propuestas sobre “Discurso digital y desigualdad: enfoques y métodos para el análisis de la participación y la interacción en entornos digitales “

Ediso Barcelona 2017

El próximo junio estaremos en el congreso de EDiSo en Barcelona discutiendo sobre Desigualdad y nuevos discursos sociales. En mi caso concreto, estaré coordinando junto a Ana Pano un panel temático dedicado al discurso digital. Si trabajas en este tema, estás más que invitada/o a enviarnos un breve resumen a través de la web del congreso durante este mes de enero. Te copio aquí debajo la descripción que hemos escrito para la petición de propuestas:Seguir leyendo →

“Posverdad” y universidad

Foto de © Jeremy Brooks | Flickr
Foto de © Jeremy Brooks | Flickr

Tras la resaca del festival de “palabras del año” con la que diccionarios e instituciones consiguen su día de gloria anual, quedan algunas reflexiones interesantes que no deberíamos olvidar rápidamente. Lydia Nobbs ha publicado lo siguiente en Public Seminar sobre la palabra del año para el Diccionario Oxford, posverdad (“post-truth”) .

¿Es la “posverdad” algo nuevo y diferente? ¿Marca la relevancia y actualidad de esta palabra un cambio significativo, una tendencia, un año especial o no es más que un reciclado de lo que la Historia ya ha visto antes?

Kenneth Prewitt, en su conferencia sobre “El futuro del conocimiento académico,” advertía del alto riesgo de tales preguntas. Puede que la academia haya perdido el monopolio del saber, pero eso no implica necesariamente que este sea ahora más igualitario. En el contexto actual, los “think tanks” y los grupos de influencia compiten con las universidades por adueñarse del conocimiento. Las universidades luchan por cuestiones de autonomía y de métricas de rendimiento. La investigación académica no llega al público general y cada vez está más vendida al mercado.

Teniendo todo esto en cuenta, los intentos por encontrar la verdad tienen un futuro incierto, especialmente cuando los métodos que determinan qué es un hecho se rechazan por considerarse elitistas y cuando el pluralismo epistemológico (las distintas formas de saber cosas) se ha consolidado hasta el punto de que cualquiera puede “conocer” cualquier cosa lo suficiente como para decir que es verdad. Bajo estas condiciones, es posible negar el Holocausto o el cambio climático.

Luchar por un mundo que respete el conocimiento y la investigación es más importante hoy que nunca.

¿Qué es la serendipia?

Serendipia” es una de esas palabras de moda con las que nos tropezamos por todas partes. Alberto Bustos nos explica su significado y de dónde viene un término con ese sonido tan exótico:

Serendipia es un nombre que hemos tomado prestado del inglés. Aunque pueda resultar sorprendente, ya está incluido en el Diccionario de la lengua española, de modo que podemos utilizarlo con las bendiciones de nuestros académicos.

La serendipia consiste en realizar un descubrimiento afortunado por pura casualidad mientras se está buscando otra cosa. Es lo que castizamente siempre hemos llamado encontrar algo de chiripa o de carambola.

[…]

La palabra inglesa serendipity es un invento del escritor inglés Horace Walpole, que a mediados del siglo XVIII explicaba su significado en una carta dirigida a un amigo. Traduzco el fragmento en cuestión a partir del texto que he localizado en el diccionario Merriam-Webster:

“La verdad es que este descubrimiento es prácticamente del tipo que yo llamo serendipia, una palabra muy expresiva que, aprovechando que no tengo nada mejor que hacer, voy a intentar explicarte. Lo entenderás mejor sabiendo de dónde se deriva que con una definición. Una vez leí un cuento de hadas bastante tonto que se titulaba Los tres príncipes de Serendip. Según iban viajando, sus altezas iban descubriendo constantemente por casualidad y sagacidad cosas que no estaban buscando.”

SerendipSerendib es uno de los antiguos nombres de Sri Lanka y también tiene su miga. Viene del árabe Sarandib, que es una deformación del sánscrito Sinhaladvipa, o sea, “la isla donde habitan los leones”.

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La aritmética de la compasión

Búsquedas en Google de Siria, refugiados y Aylan

Todos nos sentimos reflejadas/os en el dicho “Una muerte es una tragedia, un millón una estadística”. Por el adormecimiento psíquico, nuestra simpatía hacia el sufrimiento y la muerte se reduce intensamente cuando se nos presenta un número alto de víctimas.

Varias investigaciones han demostrado que la compasión se reduce incluso cuando pasamos de una amenaza contra una solo persona a otra que afecte a dos. Salvar una vida es de una importancia máxima. Salvar 1+1 vidas se siente menos importante que salvar dos, y a menudo menos incluso que salvar una.

Hacer frente a esta peculiar “aritmética de la compasión” en nuestra cotidianidad y en nuestras políticas nacionales es crucial en un mundo que sufre constantes amenazas catastróficas de violencia, enfermedades, pobreza y desastres naturales.

La gente detrás de La aritmética de la compasión, con Paul Slovic a la cabeza, ha tenido una gran idea: investigar desde las Humanidades y las Ciencias Sociales por qué somos tan cruelmente indiferentes ante el sufrimiento masivo. Sus descubrimientos nos muestran una realidad obvia, pero que conviene subrayar (y combatir). La compasión no es racional. Cuantos más muertos, más posibilidades de sufrimiento, no solo individual, sino también como especie. Sin embargo, nuestros actos no tienen esto en cuenta. Como ejemplo, puedes observar el siguiente gráfico donde se representa la acumulación de muertos en el conflicto sirio desde marzo del 2011 hasta septiembre de 2015.Seguir leyendo →

Occidente exagera el porcentaje musulmán de su población

Los europeos exageramos el porcentaje de nuestra población que es musulmana

El periódico The Guardiaha publicado un artículo haciéndose eco de un estudio de Ipsos Mori donde se muestra hasta qué punto exageramos a la hora de contabilizar el porcentaje de nuestra población que es musulmana.

La encuesta se ha realizado en 40 países con resultados aberrantes en todos ellos. En la gráfica de arriba tienes unos cuantos ejemplos, incluida España. Destaca Francia, donde los encuestados pensaron que rondaban el 31% de la población (¡y que llegarían al 40% en apenas 4 años!) mientras que la realidad no llega al 7.5%. Los estadounidenses también deberían hacérselo mirar: tienen la percepción de que uno de cada seis vecinos es musulmán, pero la cifra real se acerca más a uno de cada cien. En todos los casos, el fallo de cálculo se agrava cuando se pregunta por la evolución de esos porcentajes en el futuro.Seguir leyendo →

En el silencio de la cultura

El fragor de la batalla y su propagación en la prensa, las fotografías y la filmografía bélica cubrieron de silencio las tierras de los combatientes. Después, el fascismo, el nacionalsocialismo y la Segunda Guerra Mundial.

Los soldados vuelven mudos de la guerra porque su experiencia no guarda una medida común con el resto de sus seres queridos. El exceso de lo sentido no se aviene con los modos en que, otrora, se tejía el mundo de la experiencia que podía ser compartida. Su escucha es otra. Su oído no es el órgano que, atento a un desarrollo, teje lo visto, sino que, dominado por el estar alerta, se convierte en órgano del miedo, en cuerpo que imagina. El ruido se ha apoderado de sus cuerpos haciendo inaudibles aquellas otras melodías que antes de la guerra daban forma a la experiencia de sí, a la experiencia de un mundo compartido.

Es muy estimulante la forma en que Carmen Pardo presenta en En el silencio de la cultura (2016) el devenir de nuestra sociedad a través de los sonidos. Las notas musicales, los ruidos y el propio silencio descubren ámbitos de significado ajenos a lo lingüístico. El libro incluye bastantes muestras de cómo sobrevaloramos lo textual en detrimento de otros estímulos. Nos llama la atención, por ejemplo, sobre cómo los periódicos que relataban las batallas de la Guerra Mundial traían a sus lectores todos los aspectos importantes de aquellas luchas, menos los más presentes e importantes para quienes las vivían. Pardo destaca los sonidos estruendosos, pero podríamos sumarle los olores intensos y el tacto animal de quienes se enfrentan en grupo a un destino ingobernable. Nada de eso estaba (ni está) en los reportajes periodísticos. Como bien expresa en los párrafos que he reproducido, no es fácil comunicar vivencias que no tienen puntos de referencia para quienes no han estado allí.

En el silencio de la cultura de Carmen Pardo

¿De dónde viene el nombre “Black Friday”?

“Black Friday” es un nombre extraño para animar a la gente. Quizás por eso no esté teniendo mucho éxito su traducción al español, “el viernes negro”, a pesar de haber sido recomendada por la Fundación del Español Urgente. El negro no es el color con mejores evocaciones en nuestra cultura y no es nada nuevo. Al fin y al cabo, el negro es la ausencia de la luz. Ya nuestros antepasados romanos lo utilizaban para habla de malos pensamientos y presentimientos hasta el punto que terminó por relacionarse con el ámbito de lo luctuoso. La Edad Media lo mantuvo e incluso intensificó. El verbo “denigrar”, por ejemplo, no significaba otra cosa en latín que teñir algo de negro, pero ya tenemos muestras en el s.XV de su uso como deshonra de alguna persona.

¿De dónde viene el nombre "Black Friday"?

No nos sorprende que el origen de “Black Friday” esté relacionado con cuestiones negativas. La primera referencia relativa al viernes posterior al Día de Acción de Gracias, que es lo que hemos celebrado estos días, es de los años 50 en los EEUU. El calificativo de “negro” lo utilizaron los empresarios por el elevado número de bajas que tenían tras la celebración familiar. Era un día que, sin ser oficialmente festivo, mantenía parada la producción de gran parte del país por culpa de la resaca que provocaba la fiesta.

Diez años después se retoma el término y se hace otra vez con valor negativo. Los policías de Filadelfia hablaban del “viernes negro” en los 70 por los increíbles atascos y por lo populosas que estaban las aceras: un día de mucho trabajo para ellos. Este uso fue tan exitoso que llegó incluso a la portada de The New York Times en 1975.

En los años 80 aparece el primer sentido positivo. Me parece interesante que surja precisamente de los comercios. ¿Podría tratarse ya de un primer intento de darle un lavado de cara al término para aprovechar su popularidad? La justificación fue que las ventas de ese viernes hacían que los números rojos de los negocios pasaban al color negro. La difusión de esta explicación fue tal que aún hoy suele citarse como el origen primero del nombre. El “Black Friday” sería, por lo tanto, el día en que los comerciantes se podían olvidar de los números rojos tras la tradicional travesía por el desierto de septiembre, octubre y noviembre.

Este último paso dejó el camino preparado para la acepción actual. Se mantiene el día, el valor positivo y que este último es económico. Lo único que cambia es que el foco ha pasado de estar sobre las cuentas de quienes venden a los ahorros de quienes compran. Seguro que los policías lo siguen sufriendo por las aglomeraciones que se producen y hay lugares en que las empresas lo han dado como festivo oficioso para facilitar que sus empleados puedan aprovecharse de las ofertas. Sin embargo, la cara negativa de ambas circunstancias ha sido borrada del término con el que nos referimos a este peculiar fin de semana. Si hay una regla que se tenga clara en comunicación es que, para vender algo, hay que hacerlo popular y en positivo, aunque lo pintemos de negro.

La palabra “populismo” no significa nada

demagogia / populismo, de J.R. Mora

El diccionario Oxford ha elegido “posverdad” (“post truth”) como palabra del año en inglés. En español el término “populismo” no tiene rival. Ha sido el más utilizado en España en estos extraños meses de campaña electoral interminable. No es un neologismo, pero nunca había gozado de tanto éxito. Ahí radica precisamente el motivo de una predicción que me atrevo a hace a sabiendas de que puede sonar descabellada: la palabra “populismo” está condenada a desaparecer por su fama desmesurada. Los sustantivos en los medios son como las abejas. Pueden rondarnos indefinidamente hasta que se deciden a clavar su aguijón. Cuando lo hacen, es el principio de su fin.

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La poesía no tiene utilidad, pero sí valor

[En cuanto al sentido de la poesía] me gusta la noción aristotélica de la catarsis. Y pienso que lo que el arte puede hacer es afinarte. Piensa en un violín desafinado y cómo lo afinamos para que suene bien. Yo creo que eso es lo que el arte es y lo que el arte hace. El buen arte y los poemas buenos hacen que la gente sea más humana, más inteligente, más sensible y pura emocionalmente de lo que sería sin ellos.

Y una de las cosas maravillosas de la poesía es que no tiene ninguna utilidad. “¿Para qué sirve la poesía”, pregunta la gente a veces en, por ejemplo, la carnicería. Se me acercan y me preguntan: “¿para qué sirve?”. Y la respuesta es que para nada, pero eso no implica que no tenga valor. No tiene utilidad, pero sí valor. De hecho, los poetas, los artistas, los novelistas y los dramaturgos son lo primero que tratan de eliminar siempre los dictadores. Queman sus libros. Les horroriza lo que la poesía es capaz de hacer.

La poesía te anima a pensar por ti mismo y a ignorar a la Iglesia y al Estado, pero eso no es exactamente una utilidad, sino un valor. Mi metáfora favorita para esto se la debo al crítico inglés Cyril Connolly, quien comparaba las artes con una glándula diminuta de nuestro cuerpo, como la glándula pituitaria, que está en la base de la columna. Parece muy pequeña e insignificante, pero si te la quitan, el cuerpo se muere.

En las cenizas del crematorio en Auschwitz encontraron fragmentos de poemas. Esa gente que se dirigía a su muerte se molestó en escribir poemas. Eso lo dice todo. Es una actividad humana normal. Incluso en los momentos más extremos, volvemos a ella. Incluso cuando no escribimos poemas, nos los recitamos a nosotros mismos.

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